Un Inoportuno Taxista Alemán

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Recientemente tuve el honor de acudir invitado a una importante reunión de asesores financieros en Alemania. Viajé en domingo y de noche. Como iba a llegar tarde pedí un vuelo directo: “me da igual la compañía aérea pero, por favor, que sea directo” y sí, el vuelo era directo pero el aeropuerto de destino estaba a más de cien kilómetros de mi hotel, así que tuve que coger un autobús a las dos de la madrugada. Cosas de la vida, no tiene importancia.
Cansado del ajetreado viaje cogí un taxi en la estación de autobuses hacia el hotel y, para sorpresa mía, el señor taxista, el primer anfitrión germano con el que me topé y crucé unas palabras, me preguntó mi nacionalidad. “Español, señor, soy español” contesté orgulloso en mis adentros esperando su felicitación por el último mundial o por la Eurocopa. Pues no, mi primer anfitrión no estaba pensando en futbol precisamente, se giró y con mirada compasiva y en un inglés difícil de descifrar me preguntó por el maldito rescate. Llegué al hotel, me di una ducha, y antes de conciliar el sueño pensé “mañana me cae la del pulpo” y volví a tener esa áspera sensación que se tiene cuando uno tiene que presentarse al día siguiente a un examen y no lleva la lección bien aprendida.
A la cita acudieron importantes personalidades del sector financiero de prácticamente todos los países de la UE, e incluso de fuera de ésta. Se presentaron rusos, israelitas, turcos… vamos, un variopinto muestrario de nacionalidades que invitaba seguro a un debate de lo más prometedor. Había renombrados especialistas en macroeconomía, en fiscalidad internacional y, sobre todo, expertos en inversión financiera.
Si me pusiera en esta breve columna a resumir todo lo tratado en las diferentes conferencias, mesas redondas y grupos de trabajo a los que asistí, créame querido lector, que se aburriría. Se habló de la inestabilidad del euro, de la situación de la banca, de los renombrados “países periféricos” y cada uno expuso su particular visión de la situación económica y dispensó sus recetas.
Yo estaba tranquilo y atento a la vez que procuraba no distraerme demasiado con la mosca que en mi oreja había dejado mi anfitrión el señor taxista germano. En este tipo de guateques es importante hacer bueno el dicho de “ya que voy aprovecho”, porque es verdad que se aprende mucho.
En mi breve intervención expuse sin complejos lo que, bajo mi modesto punto de vista, debía hacerse tanto desde el punto de vista macroeconómico como en lo relativo al asesoramiento financiero. Expliqué que empresas y familias ya habían acometido los ajustes necesarios para empezar de nuevo a construir y que, si bien el sector público había comenzado un poco tarde, las reformas estructurales acometidas ya estaban empezando a producir efectos positivos. Y hasta aquí, la verdad, todo perfecto.
Pero llegaron los postres. Los carísimos trajes de chaqueta se quedaron colgados en los armarios. Mis colegas y yo, ya vestidos de personas, nos fuimos a cenar y a tomar una merecida copa tras una intensa y productiva jornada de trabajo. Me tocó compartir mesa y mantel con dos eslovacos encantadores, un austríaco con cara de profesor universitario; un italiano que me miraba con cara de complicidad, un ruso y tres alemanes. “Los que han generado el problema, que paguen la factura” espetó uno de los teutones con educación exquisita pero con voz ruda y cierto tono enojado. Silencio. Era la pregunta del examen que estaba esperando. El italiano me miraba y pensaba seguro para sí “tierra, tráganos”. El alemán se había quedado a gusto, ya había soltado su sobrada.
Me quedé pensativo, ¿me tengo que sentir apocado? ¿Tengo que permitir que la coyuntura de crisis que atravesamos o la mala gestión de unos cuantos cuatreros tiren por tierra el prestigio de todo un país? No, bajo ningún concepto.
Miré fijamente al alemán, y con el rostro más amable que pude improvisar, le contesté: “España es el país más importante de la Unión Europea. Europa no existiría sin nuestra aportación a lo largo de la historia, sin nuestros filósofos y pensadores, sin nuestras cruzadas y batallas ganadas, sin nuestros artistas y sin nuestra contribución económica, cultural y por supuesto política. ¿Lo tienes claro verdad estimado colega?¿acaso no atraviesan crisis todos los países? La situación es coyuntural, España hará otra vez cabeza, somos una gran nación. Y lo mismo podría decirle de Italia o de Grecia…” Me disponía a dar una clase de historia cuando el alemán de al lado me miró y me dijo: “tiene usted toda la razón” y me invitó a brindar como disculpándose.
Le contesté así porque me lo creo. Y, por cierto, el italiano me pagó luego una copa.

Artículo publicado en Expansión 16.11.2012

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