La nueva renta fija está en la calle

La nueva renta fija está en la calle

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No somos los únicos que miramos con recelo a la renta fija, donde el consenso del sector es que al activo lo mueven las inyecciones de dinero de los bancos centrales. Casi todos buscamos activos de manera oportunista y no compramos a precios de mercado si podemos evitarlo.

Al calor de esta desconfianza se ha aguzado el ingenio de las gestoras, y hemos visto fondos de duración cubierta, covered bonds, mucho desarrollo en emergentes y un cierto interés por bonos ligados a la inflación y bonos catastróficos. Cada uno tiene sus particularidades, pero hoy queríamos cambiar de liga y mirar a la economía real.

Al final, un bono no es más que el reconocimiento de una deuda con unas especificaciones para el repago. En este sentido, la existencia de un mercado sólo sirve para fijar el precio con más facilidad, al haber más liquidez. Aun así, la mayor parte de las transacciones son descentralizadas, entre comprador y vendedor (OTC).

Por eso, en la economía real también encontramos renta fija: Siempre que financiamos un proyecto hemos comprado un bono, conceptualmente, y podríamos venderlo a un tercero por un precio. De esto queremos hablar, ya que la larga sombra de la crisis financiera también trajo consigo muchas consecuencias positivas.

La consecuencia fundamental de la desconfianza hacia los bancos es una mayor voluntad de independencia. Esto supuso un mayor número de transacciones hechas directamente entre las dos partes, en especial cuando el crédito bancario literalmente desapareció en la economía real (no así para las compañías cotizadas). Veamos un ejemplo.

La empresa ABC quiere cerrar una operación grande, para la que necesita liquidez inmediata. Sabe que al ser una operación puntual perderá mucho tiempo explicándola a los bancos, y no le seduce la idea de aumentar su CIRBE y además empezar a dar contrapartidas adicionales (nóminas, seguros, etc.). Eso sí, tiene inmuebles libres.

Una opción es la de ir a un prestador directo, que le hará una hipoteca privada sobre el inmueble a una fracción de su valor, con un tipo de interés superior al 20% y con unas comisiones de aperturas leoninas. Bien mirado, quizá el beneficio de la operación no nos compense. ¿Hay más opción? La hay.

La otra opción es acudir a un fondo de deuda, que le ofrecerá a la empresa unos precios y garantías a medio camino entre el banco y el prestador privado. La velocidad será la que ABC necesita, y los plazos serán los que la operación pueda soportar con facilidad. No habrá CIRBE y la operación se hará. ¿Y por qué nos interesa esta opción?

Porque como financiador, el fondo participa en una pluralidad de operaciones. Esto le garantiza la diversificación, y con ello una seguridad adicional a la de la garantía hipotecaria que ya tiene, superior al valor prestado en cada caso. Y a nosotros, como inversores, eso nos suena estupendo: estamos adquiriendo una forma de renta fija, en la que somos acreedores de múltiples operaciones con una sola inversión.

Esto es interesante, pero no todo es de color de rosa: La experiencia nos dice que reposeer un inmueble ejecutado en España nos llevará un tiempo incierto, y esto afectará a la rentabilidad del fondo. Por eso los fondos que nos interesan son los que operan en legislaciones donde este proceso es rápido, quizá cuestión de semanas.

En resumen: El hambre aguza el ingenio. Y gracias a ello, ya no estamos limitados a invertir en una renta fija cara y basada en la especulación, sino que tenemos alternativas más rentables, basadas en la economía real y con garantía hipotecaria. Hay que seguir buscando.

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